Lo acaecido
en Bolivia, tal como lo sucedido en Chile, Colombia, Nicaragua, Ecuador, se ha
llevado a cabo bajo el asombro de políticos, politólogos, periodistas y todo el
conjunto de creadores de opinión pública a lo largo y ancho de nuestra américa
latina. El abandono súbito del poder de un presidente exitoso producto de la
presión popular y la presión militar ha ocurrido en un país donde predominaba
la “calma social”, con el mayor índice de crecimiento de Latinoamérica y con el más bajo nivel de delincuencia en la
región. Solvente, sin deudas con el FMI. Con una disminución histórica de la
pobreza y unas mejoras históricas en salud y educación. Un Estado que se había
declarado “Estado plurinacional”, en el reconocimiento de los derechos de los
pueblos originarios. Con recursos muy apetecidos en la época actual, como el
Litio cuyos yacimientos comprenden el
70% del litio de la región. Es decir, lo sucedido en Bolivia es una especie de
“caída de un rayo en cielo sereno”.
La salida de
Evo Morales del poder tiene varias interpretaciones. Una que expresan las
fuerzas que le adversan. Estos sostienen que su renuncia fue producto de la
presión popular ante las irregularidades cometidas en un proceso electoral, en
donde el conteo de los votos fue deliberadamente interrumpido para adjudicarle
fraudulentamente el triunfo a Morales en la primera vuelta, por tanto su salida
es legítima.
La otra
interpretación, sostenida principalmente por los seguidores o quienes apoyan a
Evo Morales, expresa que lo que hubo en
Bolivia fue un golpe de Estado descarado que se concreta en la sugerencia que
le hicieran los militares para que renuncie Morales, acompañado de una huelga
del cuerpo policial, quienes se niegan a reprimir, en los momento más críticos
de las movilizaciones de protestas contra Morales después que hubiera sido
declarado por el Tribunal Supremo Electoral como ganador de las elecciones en
primera vuelta.
La realidad
es que Evo presentaba serios inconvenientes de popularidad para ganar en
primera vuelta y al mismo tiempo se habían fraguado aviesas intenciones para
despojarlo del poder. La combinación de
estos dos factores generó la crisis y la
situación de inestabilidad que actualmente se vive en Bolivia.
Después de 14
años de gobernar la popularidad de Evo había decrecido, se había mermado,
inclusive en las zonas donde su popularidad era mayor, como es el caso de
algunos territorios indígenas. En ello habían influido el irrespeto a la
voluntad popular al no aceptar, e instrumentalizar al Tribunal Supremo de
Justicia para ello, los resultados de un plebiscito en donde la mayoría del
pueblo boliviano le decía no a la reelección y en segundo lugar la represión
policial en 2011 de una movilización indígena que marchó contra Morales para
protestar contra la construcción de una carretera que atravesaría una reserva
natural protegida. Al momento de las elecciones Evo Morales no estaba en su
mejor momento de popularidad y si no se atisbaba una derrota en la primera
vuelta, era muy posible que en el balotaje pudiera ser derrotado. Se especula,
y decimos se especula porque no se ha comprobado con contundencia, que para
evitar el balotaje Evo, a través del Tribunal Electoral, impulsó una serie de
irregularidades en el conteo de los votos para adjudicarse la victoria en la
primera vuelta.
Sin embargo, no puede dejar de soslayarse que a la par de los errores cometidos por Evo en
su gestión gubernamental, también estaba en marcha una conspiración para
echarlo del poder y no precisamente por sus errores, sino más bien por sus
aciertos. En 2006 Evo Morales procedió a nacionalizar los hidrocarburos,
convirtiéndose en la piedra angular de su política. Ello le permitió obtener ingentes recursos para impulsar una
tasa elevada de inversión pública, que fue decisiva para la tasa de crecimiento
económica boliviano, el más alto de Latinoamérica en los últimos 12 años. Como
todos sabemos, esto de las nacionalizaciones no son bien vistas por las fuerzas
tanto externas como internas, que promueven lo que se ha llamado “neoliberalismo” o “capitalismo salvaje”.
A ello había
que sumarle que Bolivia cuenta con la mayor reserva de litio de la región y una
de las reservas más grandes del mundo. El litio es la principal materia prima
para fabricar las baterías de los automóviles eléctricos, por lo que tiene una
alta demanda potencial y es un recursos geoestratégico tan o más importante que
el petróleo. El gobierno de Evo Morales había concertado acuerdos con empresas
alemanas y chinas para la explotación de este importante recurso, cuyos
mercados principales iban a ser Asia y Europa.
Precisamente
a inicios de octubre la región de Potosí se vio envuelta en una serie de
protestas organizadas por el “Comité Cívico” de Potosí (los “Comités Cívicos”
son los organismos dirigidos por el fundamentalista religioso Luis Fernando
Camacho a través de los cuales se realizaron las movilizaciones contra Evo en
el período post electoral) obligando a Evo a derogar el decreto mediante el
cual se había conformado una empresa mixta alemana-boliviana para exportar
litio a Europa.
De ahí que
nos atrevamos a concluir que en la caída de Evo del poder en Bolivia influyó de
manera determinante, además de sus errores y su desgaste político, una
conspiración bien fraguada por fuerzas internas y externas interesadas en
recuperar el control, mediante la privatización, de la explotación de los
hidrocarburos y la explotación de Litio en los años venideros.
Como era de
esperarse con la salida de Evo, casi de manera inmediata se instaló un gobierno
cuya legitimidad tiene, como mínimo, un altísimo porcentaje de duda. La
vicepresidente del parlamento boliviano sin quórum suficiente en el parlamento
se autodenominó presidente de Bolivia, con el apoyo de los militares, la
policía que días atrás se había declarado en huelga.
La crisis en Bolivia apenas comienza y es
evidente que existen fuerzas internas y externas que dirigirán su accionar en
pro de la reprivatización de los hidrocarburos y el control de los yacimientos
de Litio. El conflicto político y social por el control de esos recursos ya está planteado y se desarrollará vertiginosamente
en los tiempos venideros. ¡A eso pónganle sello!

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