Moisés Hassan
Ningún
fenómeno nuevo son las inundaciones de
Managua. Acaso la más famosa de todas haya sido aquella que se volvió mítica,
al menos para los viejos habitantes de la ciudad, el llamado “aluvión” ocurrido
en 1886. El “cordonazo de San Francisco”. Nada nuevo es tampoco el que los
medios de comunicación y la ciudadanía ruidosamente expresen su pesar y cólera
ante las desgracias que, a consecuencia de las lluvias, actualmente están
padeciendo numerosos pobladores. Y nada nuevo estará ocurriendo si, cuando pasada
la presente temporada lluviosa, el tema cae en el olvido y se siguen
cometiendo, por ignorancia, despreocupación, rapacidad o corrupción, los mismos
graves errores. Hasta el año que viene, cuando renacerán los lamentos…
Cierto, la cuenca
sur, ese trozo de territorio que, antes de verter en el Xolotlán las aguas de
lluvia que le caen las obliga a pasar por la ciudad de Managua, tiene una
pendiente aguda. Tan aguda que, en los aproximadamente 20 kilómetros que
separan la ribera del lago, y “El Crucero”, la elevación del terreno aumenta
cerca de 900 metros . Pero esto no
es ninguna excusa, por el contrario, hace que sea más repudiable, y por ende sancionable,
la conducta de ciertos personajes, en esencia funcionarios, tanto del Ejecutivo
central como del municipal, y sus socios, algunos voraces empresarios de la
urbanización, la construcción y la agricultura, que, en beneficio personal,
irracionalmente han arrasado la
vegetación que la cubría.
El fatal resultado: las aguas, en su descendente movimiento hacia la ciudad encuentran escasa resistencia al deslizamiento; por tanto las velocidades que alcanzan, y en consecuencia la fuerza con que impactan los obstáculos que encuentran en su camino; la rapidez con que grandes caudales se concentran; y su capacidad de erosionar el suelo, aumentan considerablemente. Sobra decir que, tanto la erosión como la excesiva velocidad de las aguas, hacen que su infiltración hacia el subsuelo, que alimenta el acuífero, disminuya dramáticamente, otra pavorosa secuela.
Desde luego, sería un imperdonable populismo no hacer referencia al papel que una enorme cantidad de ciudadanos juegan en hacer aún más destructivas las consecuencias de las lluvias; me refiero al conocido hecho de que el débil sistema de drenaje de la ciudad tiene una limitación adicional para ejercer sus funciones, la cual consiste en que los decrépitos cauces que lo constituyen están convertidos en depósitos de todo tipo de basuras, incluyendo animales domésticos, entre los que no falta alguno que otro equino. Contra esto también se debe luchar.
La inescapable conclusión: tanta importancia
como tiene, el problema de Managua es sólo una de las múltiples pesadillas de
las que los acosados nicaragüenses tendrán posibilidades realistas de despertar
únicamente cuando erradiquen a la profundamente corrupta, increíblemente
inepta, absolutamente inescrupulosa, dictadura familiar, y la sustituyan con un
gobierno decente, capaz, y ansioso de de servir a su país y sus compatriotas,
presentes y futuros. Un gobierno que utilice los recursos nacionales en forma
responsable, honrada, e inteligente. Esto es lo que ofrecemos el PAC y nuestros
aliados de la Unidad Democrática.

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