Entrada destacada

La Ciudadanía No. 20

Ha comenzado a circular La Ciudadanía No. 20 correspondiente al mes de enero de 2020. En esta edición les traemos: La posición del PAC so...

7.08.2019

Situación política de Nicaragua a principios de 2019

I. Principales actores políticos involucrados

a) El orteguismo, es decir la dictadura ejercida por una criminal pandilla agrupada alrededor de los Ortega-Murillo. Su núcleo central está constituido por los principales dirigentes de los poderes del Estado y los altos mandos del Ejército y la Policía. Como secuaces nacionales está un nutrido grupo de “partidos” zancudos, y en el plano internacional tienen el apoyo de unos pocos países, algunos pequeños grupos entre fanatizados y oportunistas, y sectores involucrados en el lavado de dinero y el narcotráfico.

b) La gran mayoría del pueblo nicaragüense, encabezada por amplios sectores campesinos, estudiantiles, y de las clases media y popular.

c) El sector de la empresa privada que se hace representar por el COSEP, AMCHAM y FUNIDES, en estrecha relación con el gran capital, en esencia financiero, a través del grupo de “asesores”

d) Aquellos miembros de la Conferencia Episcopal que, junto a numerosos sacerdotes, han denunciado, pública, enérgica y valientemente, los crímenes del orteguismo.

e) La comunidad internacional, encabezada por los Estados Unidos y la abrumadora mayoría de los países miembros de la OEA, entre ellos los de mayor peso, con la posible excepción de México. En Europa la UE, y, más globalmente, la ONU.

II. Sus actuaciones y objetivos 

a) Evidentemente el orteguismo está recurriendo a todos los medios a su alcance para mantener el poder que les permite aferrarse al producto de su saqueo e incrementarlo, al igual que a la frágil autoestima de sus cabecillas. Les aterra la perspectiva de perderlo todo y enfrentar la justicia. Ponen sus esperanzas en que la represión, junto con la impresión de fortaleza que ella proyecta, doblegue a la población, ponga freno a la evaporación de sus reducidas bases, y deje sin justificación a las presiones internacionales. ¿Por qué la injerencia si todo está “normal”? Finalmente, con ella se proponen debilitar las tentaciones que sin duda han surgido en el seno del ejército, la Policía, y la empresa privada organizada.

b) Por su parte, esa gran mayoría de nicaragüenses ha manifestado claramente, con sangre y sacrificios, que desea la pronta salida de la pandilla orteguista, la total reestructuración del aparato estatal, la aplicación de la justicia a los responsables de las violaciones de los derechos humanos y  la corruptela, y la instauración de un sistema político auténticamente democrático. Desafortunadamente, su debilidad organizativa, la escasez de recursos materiales, y algunos intereses personales han dificultado su unificación en torno a los objetivos mencionados y los medios para alcanzarlos. Empezando por la designación de un liderazgo provisional, colectivo, tan confiable como sea posible, y que represente adecuadamente a esas grandes mayorías. Como ejemplo del conflicto de intereses, el intento de unidad más conocido ha enviado señales de que no hay espacio para el PAC en sus órganos de dirección. De seguro no somos los únicos que incomodan.

c) En cuanto a la gran empresa privada, su actitud es vacilante. Es claro que ya se convenció de que el orteguismo es un socio nada conveniente, tanto porque es traicionero, como porque practica la competencia desleal, como porque genera inestabilidad interna, a la par de numerosas sanciones de Washington, la OEA, la UE y la ONU, así como recelos de los inversionistas internacionales. Un socio descartable. No obstante, les preocupa profundamente la incertidumbre de cuál sería su situación bajo el nuevo gobierno que se instaurara, acostumbrados como están a privilegios indebidos. Su actitud actual posiblemente obedezca a la necesidad de ganar el tiempo necesario para ejecutar, junto con Washington y el ejército –sí, el ejército- las maniobras que le permitan alcanzar una influencia importante, si no determinante, sobre el proceso que conduzca a ese nuevo aparato estatal y las políticas con las que éste se comprometa.    

d) Por su parte, el sector de la Iglesia Católica más involucrado en la defensa de los derechos de la población y sus aspiraciones la ha acompañado en su lucha, asumido riegos, y ha reforzado la convicción popular de que su causa es justa. No obstante tiene limitaciones que le impiden adoptar y expresar, como cuerpo, una posición sobre la  solución de la crisis. La principal: la obediencia que deben al Vaticano.

e) En cuanto a la comunidad internacional, una abrumadora mayoría de la OEA está por la salida de Ortega y el establecimiento de la democracia a través de un diálogo cuyo único objetivo hasta ahora visible es el de adelantar las elecciones, asegurándose de que éstas sean limpias. En este contexto, fue sorprendente, inusual y esclarecedor que el Congreso norteamericano aprobara unánimemente la Nica Act y que el Presidente emitiera inesperadamente una Orden Ejecutiva contra el orteguismo. El mensaje parece ser que no tolerarán su enquistamiento en el poder. Por último, la UE y la ONU han dado claras muestras de repudio a la actuación de los dictadores.

Posibles desenlaces

Idealmente, las grandes mayorías nicaragüenses deben ser el actor de mayor peso en la determinación del desenlace de la crisis. Para ello es preciso que superen las debilidades ya mencionadas, algo que no parece sencillo. Logrado esto en alguna medida, se podría tomar algunas decisiones vitales, empezando por la de organizar una Junta Provisional que llenaría el vacío de poder temido por la comunidad internacional y que, al señalar un claro derrotero, elevaría la moral y la voluntad de lucha de la población. Si esto no se logra en el corto plazo, el desenlace sería fundamentalmente determinado por la comunidad internacional encabezada por Washington, el ejército actuando en forma autónoma para proteger sus intereses, y la iniciativa privada dominada por el gran capital. Poca duda cabe de que estos actores están sosteniendo conversaciones secretas y no oficiales entre sí y con el núcleo central del orteguismo.

Dos son las alternativas que debe estar analizando la mara orteguista. Una sería la de aferrarse tercamente al poder confiando en que, de alguna manera casi providencial, la tormenta pase, y poder llegar al año 21 y más allá. La segunda es la de alcanzar un acuerdo, que sueñan tan misericordioso como el de 1990, por el que Ortega estaría dispuesto a dejar la Presidencia a cambio de conservar una cuota importante del poder y de los recursos malhabidos, no enfrentar los tribunales de justicia, dejando abierta la posibilidad de, eventualmente, recuperar el poder absoluto. Obviamente con el concurso de su pandilla. 

A. Si Ortega y su pandilla se deciden por la primera alternativa se puede visualizar tres desenlaces:

1. Washington, cansado de esperar y regatear, probablemente con el apoyo político de algunas naciones occidentales, opta por intervenir militarmente, con o sin la anuencia del capital y/o el ejército. (El Consejo de Seguridad de la ONU, bloqueado por China y Rusia no podría hacerlo). Si esta decisión fuera hecha del conocimiento de Ortega con horas o días de anticipación, y de manera clara, firme y convincente, sin duda éste se apresuraría a aceptar literalmente cualquier oferta de salida que se le hiciera; esto es algo que aliviaría a los Estados Unidos quienes, no muy ansiosos de más enredos, sin duda estarían dispuestos a hacer importantes concesiones. Por tanto, este desenlace, la intervención, parece muy improbable.

2. Washington, esencialmente por razones ajenas a nuestro conflicto, decide tragarse las preocupaciones que éste les ocasiona y renuncia, al menos temporalmente, a la intervención militar, manteniendo únicamente las presiones económicas. En tal caso existiría alguna exigua probabilidad de que el orteguismo sobreviva a estas presiones, a las de la OEA, la UE y la ONU, que están en crecimiento; a las internas, que pese a todo no podrán sofocar, y a las ejercidas irreprimiblemente por los nicaragüenses en el exterior. 

3. Desechando la incómoda alternativa de intervenir con sus tropas, Washington decide que es en su interés volver a hacer lo que hizo en los años 80, y apoyar con armamento, recursos financieros y asesoría, la lucha de las grandes mayorías nicaragüenses contra sus verdugos. Es claro que, en las condiciones actuales, la participación de la población sería considerablemente más masiva y beligerante de lo que fue en ese entonces; además, la voluntad de resistir de policía y ejército sería considerablemente menor, y la dictadura estaría totalmente aislada en el plano internacional. La guerra acabaría muy prontamente con la derrota del orteguismo, pero dejaría una inevitable secuela de destrucción, luto y sangre.

B. Si por el contrario, la pandilla y sus jefes se deciden pronta y oportunamente por su segunda alternativa, es muy posible que logren negociar con los integrantes de la contraparte una salida que les brinde cierta tranquilidad. Los resultados de dicha negociación serían luego presentados al mundo como el producto de un más bien breve “diálogo”, seguida y teatralmente puesto en escena. “Diálogo” que “culminaría”, entre otras cosas, con la liberación de los presos políticos y el adelanto de elecciones presuntamente limpias y bajo un nuevo CSE. Algo parecido, si no idéntico, a lo que ocurriría si se diera la amenaza de intervención. 

A estas alturas, la posibilidad de este desenlace desata un alud de interrogantes en cuanto a las condiciones en las que, como resultado de las negociaciones, estaría el orteguismo en la etapa previa a las elecciones,  durante, y después de ellas. Una incógnita crucial tiene que ver con cuál sería la reacción popular frente a una solución que difícilmente sería la que ansían las grandes mayorías, atropelladas y solidarias con quienes han sufrido más de cerca las violaciones a los derechos humanos, particularmente los numerosos asesinatos perpetrados por los sicarios de los dictadores. 

Cualquiera sea la forma en la que el orteguismo sea arrojado del poder, la Historia enseña, por una parte, que no hay solución auténtica y permanente sin justicia, esa virtud y deber que nada tiene que ver ni con reconciliación ni con venganza. Pues nada estimula tanto al criminal como la certeza de impunidad -pérfidamente disfrazada de reconciliación- para sus hazañas pasadas y futuras. Y la venganza suele ser ciega, injusta, e irracional.

Por otra parte, los nicaragüenses debemos ser extremadamente cuidadosos en cuanto a en qué manos depositaremos los destinos del Estado. Nicaragua nunca más debe caer en poder de sujetos inescrupulosos y embaucadores que, obsesionados por alcanzar y retener poder, riquezas y protagonismo, no respetan absolutamente nada, no vacilan en llegar a cualquier extremo. Tantas veces lo hemos visto.

Managua, 21 de enero de 2019

No hay comentarios:

Publicar un comentario